Camaleón
Camaleón
«Con esta alimaña me topé en un jardín: es el camaleón símbolo del hombre astuto y disimulado, que fácilmente se acomoda al gusto y parecer de la persona con quien trata para engañarla. Significa también lisonjero y adulador. Si lloras, él llora, si ríes, ríe; y si en la claridad del día dices que es de noche, te responderá que es así, porque él ve las estrellas»¹.
El último beso hirió la mejilla como una punzada fría, aguda, sin el afecto propio del gesto. Judas, con rostro impersonal, afrontó la mirada beatífica de Jesús en el jardín de Getsemaní. Las treinta monedas de plata parecían haber desaparecido de su andrajosa faltriquera, o eran imperceptibles bajo el peso de una nueva culpa, nacida de la traición. Sin embargo, por fuera afectaba indiferencia. Contemplaba el arresto de su amigo impasiblemente, de la misma manera en que se observa una naturaleza muerta. Y así empezó a ver el mundo a partir de ese día, porque había perdido su humanidad.
Se alejó lentamente del tropel eufórico que orbitaba en torno al mesías encadenado y puso rumbo a su hogar. Recostado en un triclinio, rumiaba pensamientos de contrición mientras meneaba con sus manos las monedas herrumbrosas. Se preguntó si su alma también adolecería del mismo desgaste oxidativo, si ya estaba mancillada indeleblemente o si su perdición era absoluta. Sinceramente —o eso se decía—, el destino de su compañero le daba igual.
Más tarde, decidió salir a la calle para distraerse un poco. El tumulto de la calle era notable con los romanos pululando en las calzadas, como moscas inquietas que habían perdido de vista su lucero. Al lado de la vorágine, halló un corro de mujeres llorando a lágrima viva, aunque él no advirtió los semblantes angustiosos; antes bien, se fijó en la belleza de sus facciones. Con el propósito de agradarles, se acercó a ellas y les preguntó la razón de su pena, pero la única respuesta que obtuvo fueron los gemidos lacerantes de unas y los balbuceos ininteligibles de otras.
Judas no era tan despistado que ignorara el origen de la tristeza que las agitaba. Así, con maestría consumada, fingió el autorretrato de melancolía más verosímil que podía componerse y les dijo: «hermosas aldeanas, dejad de derrochar perlas con vuestros lamentos y atended a las mías, que pese a ser inferiores en calidad, no dejarán de superarlas en cantidad para remedio de ello. Si bien es grande el pesar de ver capturado a nuestro guía y señor, más mella causa en el corazón veros así de afligidas, que no es el oficio de plañidera adecuado a mujeres tan bien parecidas». «Amable Judas» —respondió uno de los ángeles—, «no intentes engañarnos con tus artificios. Nos honra tu intención de consolarnos, mas no creemos tu sentimiento: que quien tan bien sabe decir lo que siente, no debe sentirlo tan bien como lo dice». Y dicho esto, se fueron a otro lugar para continuar con su martirio.
Pensando en llenar el estómago de viandas para recobrar el ánimo, Judas se arrimó a los bodegoncillos de puntapié y vio los distintos géneros de comida que ofrecían los vendedores ambulantes: salchichas, empanadas de garbanzos, fritanga, embutidos asados, pinchitos de carne ensartados en espinas de acacia, aceitunas… Empero, el rugir de su barriga no era ruido suficiente para ensordecer la culpa que le carcomía. Una culpa que se alimentaba poco a poco de su persona. Por este motivo, Judas determinó encaminarse al lugar de la ejecución pública para despedirse por completo de la congoja que le importunaba, o esa era su intención.
Allí el aire no era pesado, tampoco ligero; no se respiraba aire. Los presentes, haciendo un esfuerzo anaeróbico, se dividían entre los grupos exultantes por la crucifixión del rebelde y los que se mortificaban por ello. La hipocresía natural de Judas, versátil como un camaleón, se debatía entre los lloros y las risas; ora lloraba, ora reía, ora dibujaba una sonrisa con lágrimas. Su cara era un garabato grotesco y diabólico, un magma de símbolos y actitudes que agotaba el repertorio de simulacros sociales. Atacado por una sobredosis de estímulos, Judas se dio a la fuga y corrió atolondrado hacia el tórrido desierto, igual que un toro enloquecido después de que le claven la garrocha, o un cachalote revolviéndose espasmódicamente tras ser alcanzado por un arpón fatal.
Nuestro medio Heráclito y medio Demócrito, medio llorando y medio riendo, terminó por olvidar su humanidad. Mientras corría imploraba al cielo que le salvara, que le enviase una señal consoladora. Entonces, en este acto de rogar al cielo e imaginar castigos y milagros divinos, cayó repentinamente a un pozo de once pies romanos (unos tres metros de altura). Aturdido, exploró la hondura, rodeada de paredes angostas, húmedas, trazadas por líneas rectas y horizontales, cuya geometría indujo al camaleón a adoptar un semblante plano, frío y pétreo.
Súbitamente, unos destellos verticales sorprendieron su estancia en las entrañas de la tierra: desde allí, pese a estar en la claridad del día, podía ver las estrellas nocturnas.
«Y yo digo que este tal camaleón merece que le hagan ver las estrellas arrojándole a un pozo, desde cuya hondura, como algunos aseguran, pueden verse a mediodía. Y de aquí nace el proverbio amenazante: yo os haré ver las estrellas a mediodía»².
¹, ² Sebastián de Covarrubias, fragmento modificado del Tesoro de la lengua castellana.

Comentarios
Publicar un comentario