La verdad sobre el artista del hambre
La verdad sobre el artista del hambre ¹ Los ojos se clavaban con susto en el ritual pantagruélico que se celebraba ante ellos. Cazaba la comida casi con la convicción estúpida de que pudiera huir en cualquier momento. Los albaricoques, hinchados y arrebolados, se precipitaban en el pozo sin fondo como si fueran aceitunas; las sandías, como si fueran cerezas; las gallinas, codornices; los mejillones, berberechos; las hogazas, migas. El sacerdote de este culto opíparo era un hombre senescente; pero, no obstante su edad, descargaba con la fuerza de una bestia sus mordiscos letales. Desde fuera, acaso podría cometerse el disparate de pensar que estaba disfrutando la comida que engullía, pero en el fondo, le dominaba la tristeza. Masticaba como quien llora. No, no disfrutaba la comida; más bien lo contrario: le producía unas náuseas insoportables. Nunca había logrado probar un bocado que después pudiera calificar de manjar, ni siquiera de alimento. Por eso comía o, mejor dicho, ...