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La verdad sobre el artista del hambre

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  La verdad sobre el artista del hambre ¹ Los ojos se clavaban con susto en el ritual pantagruélico que se celebraba ante ellos. Cazaba la comida casi con la convicción estúpida de que pudiera huir en cualquier momento. Los albaricoques, hinchados y arrebolados, se precipitaban en el pozo sin fondo como si fueran aceitunas; las sandías, como si fueran cerezas; las gallinas, codornices; los mejillones, berberechos; las hogazas, migas.  El sacerdote de este culto opíparo era un hombre senescente; pero, no obstante su edad, descargaba con la fuerza de una bestia sus mordiscos letales. Desde fuera, acaso podría cometerse el disparate de pensar que estaba disfrutando la comida que engullía, pero en el fondo, le dominaba la tristeza. Masticaba como quien llora. No, no disfrutaba la comida; más bien lo contrario: le producía unas náuseas insoportables. Nunca había logrado probar un bocado que después pudiera calificar de manjar, ni siquiera de alimento. Por eso comía o, mejor dicho, ...

Camaleón

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  Camaleón «Con esta alimaña me topé en un jardín: es el camaleón símbolo del hombre astuto y disimulado, que fácilmente se acomoda al gusto y parecer de la persona con quien trata para engañarla. Significa también lisonjero y adulador. Si lloras, él llora, si ríes, ríe; y si en la claridad del día dices que es de noche, te responderá que es así, porque él ve las estrellas»¹.  El último beso hirió la mejilla como una punzada fría, aguda, sin el afecto propio del gesto. Judas, con rostro impersonal, afrontó la mirada beatífica de Jesús en el jardín de Getsemaní. Las treinta monedas de plata parecían haber desaparecido de su andrajosa faltriquera, o eran imperceptibles bajo el peso de una nueva culpa, nacida de la traición. Sin embargo, por fuera afectaba indiferencia. Contemplaba el arresto de su amigo impasiblemente, de la misma manera en que se observa una naturaleza muerta. Y así empezó a ver el mundo a partir de ese día, porque había perdido su humanidad.  Se alejó len...

La ignorancia es impotencia y esclavitud, no felicidad

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  La ignorancia es impotencia y esclavitud, no felicidad Si la información es poder, la ignorancia es impotencia. Un ave sin los conocimientos instintivos que le son heredados evolutivamente no distinguiría cuáles son sus depredadores naturales ni conocería las principales fuentes de alimento: terminaría muerta en poco tiempo. Sin embargo, ¿por qué el ser humano conserva su hegemonía en un mundo colmado de seres vivos que lo aventajan físicamente? Por el nivel de información y conocimientos que son inaccesibles para la inteligencia animal. Las personas también sufrimos este desequilibrio: la técnica marcial vence a la fuerza bruta, la erudición médica ridiculiza la magia curativa, la construcción del hombre primitivo se derrumba antes que la de un ingeniero. Es importante distinguir entre poder y riqueza. Esta última no está garantizada para los más inteligentes o quienes poseen más conocimientos, aunque también otorga otra clase de poder (el adquisitivo) y, en consecuencia, dispen...

Poemario personal

Gesto sin alma Agotado mi rostro está de tanta farsa, viejo, consumado artista de la vida; de su eterno drama hastío es gaje y carga la mentira el hundido paje. Agostados, ajados y arrugados, también deformados están semblante y cada sien; no sienten ni son dolientes, o más bien olvidaron que sienten, solo asienten, pero no creen. Díscolo autómata sin hilos medita y observa tranquilo,  sin fe del imposible ejercicio (plasmar con bailes alocados  él íntimo ritmo de sus latidos).  Dar cara a cada sentimiento es vano e imposible intento.  Mejor expresar en pocos versos  lo que sufro, creo y pienso. Que la procesión no es fuera, ni se palpa en la cara el alma. Necio quien juzgue que es vapor puro el gas incendiado que sube del corazón, porque es humo, polvo, ilusión, . Muda es la verdad que muda Tú no me conoces, ¿me conoces? Entonces ¿razonas los gestos del universo  por el viento que te sopla en la cara?,  y el interior del castillo y censo por el decora...

El vuelo del moscardón

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  El vuelo del moscardón La oprimí con el pañuelo y comprendí la tragedia de la vida. El punto negro e inofensivo del techo me suscitaba incomodidad. Ciego por el capricho y el instinto natural, fabulé que su presencia era intolerable y determiné extinguir su vida.  Me inspiré en el frío cálculo del asesino cinematográfico para escoger mis herramientas de tortura: el zapato tenía contundencia, pero hollaría el lugar del crimen y no quería dejar pistas; la toalla era más atractiva, aunque corría el riesgo de ensuciarla; el cojín, por su acolchamiento, apuntaba al resultado más inmaculado.  Meterme en la mente de la víctima no fue difícil. Se afanaba en perseguir la calidez de cualquier fuente luminosa como si saciara su sed vital; sin embargo, yo hago lo mismo. Mi vida es un desechar y acoger esperanzas que se encienden o apagan azarosamente, pero sigo detrás de luces que me encandilan: el perseguido no siempre es la víctima.  Alzo el cojín y lo muestro con respeto a ...

Origen de los nombres

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 Origen de los nombres ¿Por qué nuestros nombres son apenas prácticos? Si pensamos en los orígenes de la civilización o, incluso, en las tribus o sociedades subdesarrolladas de la actualidad, ¿no es lógico suponer que vincularan los nombres con valores o realidades prácticas? «Pescador predilecto del jefe de la tribu del noroeste», «Encargado de avivar el fuego en las noches de invierno», «Atleta con el segundo salto más potente» serían nombres que describen una función o facultad de la persona. Si bien suenan tristes y aburridos, ofrecen la hipótesis de un uso primigenio simple y realista de los nombres propios. Esta reflexión ignorará cualquier demostración científica del verdadero principio de los nombres, pues discurrirá por la vía de la contingencia y la imaginación para comprender mejor esta cuestión.  Aunque los nombres actuales pueden proceder de un significado bíblico, cultural o político, nadie lo considera y, por tanto, cabe esperar que en el presente tienen otra in...

Iluminar los sentidos

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                                          Iluminar Como me indicaron, entré por la entrada impresionante y diminuta. Desaparecí en la oscuridad de la cueva tras abismar sus fauces. La luz de una lámpara, que protegía un único espacio, transfiguraba lo regular en dramático con su juego de sombras siniestras. Un anciano como un olivo sapiencial trajinaba su artesanía allí.  Fue su despiste o su hosquedad quien ignoró mi presencia. Por un instante, entre fríos fantasmas, temí ser una sombra. Anhelando que denunciara lo contrario, acudí al amparo de la luz. El suelo duro y sin calor posible no dudó en robármelo: caí en mi camino hacia la vida. Retomé mi designio sin confiar en la vista y sí en el tacto para no devolverme al solitario piso. Mis manos, imaginé, palparon multitudes apagadas que esperaban la luz para existir; mas usé la mía como remedio: libros árido...