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Camaleón

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  Camaleón «Con esta alimaña me topé en un jardín: es el camaleón símbolo del hombre astuto y disimulado, que fácilmente se acomoda al gusto y parecer de la persona con quien trata para engañarla. Significa también lisonjero y adulador. Si lloras, él llora, si ríes, ríe; y si en la claridad del día dices que es de noche, te responderá que es así, porque él ve las estrellas»¹.  El último beso hirió la mejilla como una punzada fría, aguda, sin el afecto propio del gesto. Judas, con rostro impersonal, afrontó la mirada beatífica de Jesús en el jardín de Getsemaní. Las treinta monedas de plata parecían haber desaparecido de su andrajosa faltriquera, o eran imperceptibles bajo el peso de una nueva culpa, nacida de la traición. Sin embargo, por fuera afectaba indiferencia. Contemplaba el arresto de su amigo impasiblemente, de la misma manera en que se observa una naturaleza muerta. Y así empezó a ver el mundo a partir de ese día, porque había perdido su humanidad.  Se alejó len...

El vuelo del moscardón

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  El vuelo del moscardón La oprimí con el pañuelo y comprendí la tragedia de la vida. El punto negro e inofensivo del techo me suscitaba incomodidad. Ciego por el capricho y el instinto natural, fabulé que su presencia era intolerable y determiné extinguir su vida.  Me inspiré en el frío cálculo del asesino cinematográfico para escoger mis herramientas de tortura: el zapato tenía contundencia, pero hollaría el lugar del crimen y no quería dejar pistas; la toalla era más atractiva, aunque corría el riesgo de ensuciarla; el cojín, por su acolchamiento, apuntaba al resultado más inmaculado.  Meterme en la mente de la víctima no fue difícil. Se afanaba en perseguir la calidez de cualquier fuente luminosa como si saciara su sed vital; sin embargo, yo hago lo mismo. Mi vida es un desechar y acoger esperanzas que se encienden o apagan azarosamente, pero sigo detrás de luces que me encandilan: el perseguido no siempre es la víctima.  Alzo el cojín y lo muestro con respeto a ...

Iluminar los sentidos

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                                          Iluminar Como me indicaron, entré por la entrada impresionante y diminuta. Desaparecí en la oscuridad de la cueva tras abismar sus fauces. La luz de una lámpara, que protegía un único espacio, transfiguraba lo regular en dramático con su juego de sombras siniestras. Un anciano como un olivo sapiencial trajinaba su artesanía allí.  Fue su despiste o su hosquedad quien ignoró mi presencia. Por un instante, entre fríos fantasmas, temí ser una sombra. Anhelando que denunciara lo contrario, acudí al amparo de la luz. El suelo duro y sin calor posible no dudó en robármelo: caí en mi camino hacia la vida. Retomé mi designio sin confiar en la vista y sí en el tacto para no devolverme al solitario piso. Mis manos, imaginé, palparon multitudes apagadas que esperaban la luz para existir; mas usé la mía como remedio: libros árido...