La verdad sobre el artista del hambre

 

La verdad sobre el artista del hambre¹

Los ojos se clavaban con susto en el ritual pantagruélico que se celebraba ante ellos. Cazaba la comida casi con la convicción estúpida de que pudiera huir en cualquier momento. Los albaricoques, hinchados y arrebolados, se precipitaban en el pozo sin fondo como si fueran aceitunas; las sandías, como si fueran cerezas; las gallinas, codornices; los mejillones, berberechos; las hogazas, migas. 

El sacerdote de este culto opíparo era un hombre senescente; pero, no obstante su edad, descargaba con la fuerza de una bestia sus mordiscos letales. Desde fuera, acaso podría cometerse el disparate de pensar que estaba disfrutando la comida que engullía, pero en el fondo, le dominaba la tristeza. Masticaba como quien llora. No, no disfrutaba la comida; más bien lo contrario: le producía unas náuseas insoportables. Nunca había logrado probar un bocado que después pudiera calificar de manjar, ni siquiera de alimento. Por eso comía o, mejor dicho, tragaba sustancias sin parar. Igual que la cerda hoza la tierra para encontrar trufas, él escarbaba en esa torre de basura con el fin de hallar algún sustento. 

La comida estaba servida en una mesa larga, inicialmente concebida para abarcar al total de comensales que allí estaban de pie horrorizados. La iluminación de la sala era escasa y acentuaba los tonos terroríficos de la escena. No era un comedor corriente. Antes bien, los objetos antiguos transmitían la sensación de estar en un anticuario, lleno de cornucopias con velas tenues y muebles oscuros de madera, además de alguna reliquia única (un ejemplo era el servicio de la mesa, que, por lo menos, se remontaba a diez generaciones atrás). La mesa daba la ilusión de empequeñecerse poco a poco y los platos desaparecían con velocidad exponencial por el trance que sufría el hombre en aquel momento, que ya no reparaba en su alrededor, que zampaba maquinalmente.

Ya entonces algún espectador, sin duda de ingenio agudo, adivinaba un desenlace fatal, sin dejar por ello de conmoverse con la rabia pintada por el autor voraz con sus dientes por pincel y con la paleta sanguinolenta que guardaba en sus fauces. Si este cuadro no representaba el tempus fugit de un bodegón, sí que evocaba un memento mori cruento y más propio de las calaveras que, tal vez, adornaron banquetes romanos para susurrar mudas la finitud de la vida, al igual que un reloj anunciando los segundos con sus manecillas sutilmente ruidosas. No obstante, el susodicho artista optó por el rojo brillante de la sangre, más que por los tonos lívidos de los esqueletos exangües. En esto, nació el pánico en el observador preocupado y, contagiando su desesperación al resto, empezaron a oírse deprecaciones dirigidas al cielo con los ojos puestos en blanco y gemidos de tristeza ahogada que competían con los gruñidos, eructos y resuellos del goloso Erisictón. Los distintos grupos se homogeneizaron en una grey de corderos que emitían balidos luctuosos. 

Algo extraño sucedió de improviso. En realidad, fue un proceso más paulatino de lo que se percibió. Una suave marejada primero, un caos después y, por último, felicidad infinita. Como mártires que habían comprendido su misión religiosa, todos hallaron en el sacrificio una puerta a la gloria eterna. Esta revelación empezó con un semblante sereno. La multitud, antes bulliciosa, cesó su actividad e incluso dejó de mirar al glotón para contemplar esa calma prodigiosa, que reclamaba la atención de una lluvia que se detiene de repente. «Nacemos y, al nacer, somos puros» —pronunció el apóstol—. «No es sino al crecer por medio de la imitación que escogemos nuestro sentido particular para vivir, ¿pero acaso importa tanto?, ¿no es tan fácil como escoger uno sencillo y alcanzar la paz?». Acto seguido, manifestando un alborozo místico, se mutiló el dedo índice con un cuchillo que tenía a mano (no sin la torpeza lógica de quien experimenta el éxtasis) y se lo ofreció al devorador con respeto sagrado. Este, aturdido, se zampó la ofrenda sin mostrar el mínimo agradecimiento. Así obró con el resto de miembros del cuerpo que le ofreció el beato, que encontró su consuelo en este acto de altruismo. Y así, también, obró con el resto de personas que formaron fila para dar pábulo al fuego sin control. Sin duda, era un cuadro hermoso. No un bodegón, no. Un auténtico Saturno devorando a sus hijos. 

Cuando terminó con los objetos y seres comibles que allí había, el caníbal omnívoro pensó en el discurso pronunciado por el fiel que había simpatizado con su causa. ¿Cómo podía dar igual el sentido de la vida? ¿No acababa de presenciar algo sublime? Entonces, aunque con la barriga colmada, se sintió tremendamente vacío. Necesitaba una historia de redención absoluta, un hito tan admirable como el que acababa de contemplar. Meditó sobre su castigo. Si consideraba la búsqueda insaciable que regía su existencia, solo había un sacrificio adecuado para él, uno majestuoso: abstenerse de todo bocado y morirse, con el paso del tiempo (aunque no se dejaría vencer pronto), de inanición. 

No obstante, se había percatado de algo curioso en medio de la procesión de inmoladores. Cuanto más alejado estaba el rostro en la fila, menos seguro parecía de su hazaña. Sin duda, el primero en sacrificarse había experimentado más gozo que sus sucesores. ¿Sería el deleite del precursor?, ¿la soberbia de quien deja su huella de originalidad? Había algo más en esa satisfacción inconmensurable. Si no fuera de esta manera, no se habría identificado un goce regresivo en los semblantes de la fila. ¿Cuál era el factor diferencial? ¡El público! Quien se sacrificó en último lugar tuvo muchos menos testigos que el primero. Eso era.

Por tanto, no podía consagrar su vida a la mortificación secreta. A lo mejor, con un poco de suerte y talento, conseguía organizar giras internacionales con la ayuda de un mecenas interesado en invertir en su proyecto. Usaría el relieve de sus huesos protruidos, grabados en su raquítico cuerpo, como el lenguaje universal del sufrimiento. No podía contener el ansia al fantasear con las teorías fisiognómicas que inventarían sobre él los hechiceros más consumados de la sociedad, como ciegos palpando su cuerpo descarnado para leerlo en braille.

Su sentido sería oficiar, por tanto, de artista del hambre. Sí, eso llenaba mucho más. Al fin y al cabo, el dolor hace sentir mucho más vivo que el placer. 


¹Relato inspirado en el cuento Un artista del hambre, de Franz Kafka


Alfred Kubin, Saturno (1935-36)


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